lunes, 7 de diciembre de 2020

Papa Francisco: Rezo de la Oración del Ángelus (06 diciembre 2020)


Desde la Plaza de San Pedro, el rezo de la Oración del Ángelus, dirigido por el Papa Francisco.

Evangelio según san Marcos (1, 1-8): He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti

Queridos amigos: compartimos el Evangelio según san Marcos 1, 1-8.

Éste es el principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del profeta Isaías está escrito:

He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti,

a preparar tu camino.

Voz del que clama en el desierto:

“Preparen el camino del Señor,

enderecen sus senderos”.

En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

Evangelio según san Marcos (1, 1-8): He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti


sábado, 5 de diciembre de 2020

Segundo domingo de Adviento: Juan Bautista nos lleva a Jesús

Juan Bautista nos ofrece una gran lección a todos nosotros, hombres y mujeres de fe, quienes en vez de enfrentar con valentía nuestros pecados, los escondemos o justificamos. Es probable que en este tiempo de Adviento debamos salir de nuestra propia imagen y buscar al Bautista en el desierto.

La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Reza, por tanto, al dueño de la mies para que envíe trabajadores para su cosecha

Señor, envía trabajadores a tu mies

Hay palabras que cuando las escuchamos nos dejan en silencio. Resuenan tan fuertemente dentro de nosotros que no sabemos qué más decir para expresar lo que sentimos. Suelen ser las frases que entendemos desde dentro y que todo discurso no puede traducir.

Lo que Jesús dice hoy en el Evangelio me sumerge personalmente en esta experiencia: "La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Reza, por tanto, al dueño de la mies para que envíe trabajadores para su cosecha”.

Se trata de escuchar estas palabras de Jesús y mirar a nuestro alrededor, poniéndolas en las noticias de nuestro mundo.

La cosecha es abundante... incluso hoy, si estamos realmente atentos, el campo de Dios es tan vasto. Algunas personas mueren por el deseo de conocer al Señor. Otros viven al lado de las Iglesias vacías de fieles. 

Los trabajadores son pocos... Hoy en día, debemos reconocer, sin riesgo de equivocarnos, que hay miles de trabajadores en la obra de Dios. Algunos más comprometidos que otros.

El Evangelio de hoy nos invita a ser buenos dondequiera que estemos, en cualquier estado de vida. Para florecer donde se siembra. Incluso junto a zarzas y espinas. Para lograr esto, sólo Dios puede ayudarnos. Así que recemos al dueño de la mies para que envíe trabajadores a su mies”.

Señor Jesús, fuiste tomado con compasión ante las multitudes sin pastor. Nos invitas a rezar al Señor de la cosecha... para que envíe trabajadores. Señor, danos los sacerdotes y los religiosos y religiosas que necesitamos; Señor, danos misioneros y evangelizadores... en nuestras familias.

La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Reza, por tanto, al dueño de la mies para que envíe trabajadores para su cosecha


Evangelio según san Mateo (9, 35–10, 1. 6-8): Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel

Queridos amigos: compartimos el Evangelio según san Mateo 9, 35–10, 1. 6-8.

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

Evangelio según san Mateo (9, 35–10, 1. 6-8): Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel


miércoles, 2 de diciembre de 2020

Papa Francisco: La bendición (Audiencia General)


Catequesis 17. La bendición

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy nos detenemos en una dimensión esencial de la oración: la bendición. Continuamos las reflexiones sobre la oración. En las narraciones de la creación (cfr. Gen 1-2) Dios continuamente bendice la vida, siempre. Bendice a los animales (1,22), bendice al hombre y a la mujer (1,28), finalmente bendice el sábado, día de reposo y del disfrute de toda la creación (2,3). Es Dios que bendice. En las primeras páginas de la Biblia es un continuo repetirse de bendiciones. Dios bendice, pero también los hombres bendicen, y pronto se descubre que la bendición posee una fuerza especial, que acompaña para toda la vida a quien la recibe, y dispone el corazón del hombre a dejarse cambiar por Dios (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 61).

Al principio del mundo está Dios que “dice-bien”, bien-dice, dice-bien. Él ve que cada obra de sus manos es buena y bella, y cuando llega al hombre, y la creación se realiza, reconoce que «estaba muy bien» (Gen 1,31). Poco después, esa belleza que Dios ha impreso en su obra se alterará, y el ser humano se convertirá en una criatura degenerada, capaz de difundir el mal y la muerte por el mundo; pero nada podrá cancelar nunca la primera huella de Dios, una huella de bondad que Dios ha puesto en el mundo, en la naturaleza humana, en todos nosotros: la capacidad de bendecir y el hecho de ser bendecidos. Dios no se ha equivocado con la creación y tampoco con la creación del hombre. La esperanza del mundo reside completamente en la bendición de Dios: Él sigue queriéndonos, Él el primero, como dice el poeta Péguy[1], sigue esperando nuestro bien.

La gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Rm 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz.

San Pablo proclama con emoción el plan de amor de Dios y dice así: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado» (Ef 1,3-6). No hay pecado que pueda cancelar completamente la imagen del Cristo presente en cada uno de nosotros. Ningún pecado puede cancelar esa imagen que Dios nos ha dado a nosotros. La imagen de Cristo. Puede desfigurarla, pero no puede quitarla de la misericordia de Dios. Un pecador puede permanecer en sus errores durante mucho tiempo, pero Dios es paciente hasta el último instante, esperando que al final ese corazón se abra y cambie. Dios es como un buen padre y como una buena madre, también Él es una buena madre: nunca dejan de amar a su hijo, por mucho que se equivoque, siempre. Me viene a la mente las muchas veces que he visto a la gente hacer fila para entrar en la cárcel. Muchas madres en fila para entrar y ver a su hijo preso: no dejan de amar al hijo y ellas saben que la gente que pasa en el autobús dice “Ah, esa es la madre del preso”. Y sin embargo no tienen vergüenza por esto, o mejor, tienen vergüenza pero van adelante, porque es más importante el hijo que la vergüenza. Así nosotros para Dios somos más importantes que todos los pecados que nosotros podamos hacer, porque Él es padre, es madre, es amor puro, Él nos ha bendecido para siempre. Y no dejará nunca de bendecirnos.

Una experiencia intensa es la de leer estos textos bíblicos de bendición en una prisión, o en un centro de desintoxicación. Hacer sentir a esas personas que permanecen bendecidas no obstante sus graves errores, que el Padre celeste sigue queriendo su bien y esperando que se abran finalmente al bien. Si incluso sus parientes más cercanos les han abandonado, porque ya les juzgan como irrecuperables, para Dios son siempre hijos. Dios no puede cancelar en nosotros la imagen de hijo, cada uno de nosotros es hijo, es hija. A veces ocurren milagros: hombres y mujeres que renacen.  Porque encuentran esta bendición que les ha ungido como hijos. Porque la gracia de Dios cambia la vida: nos toma como somos, pero no nos deja nunca como somos.

Pensemos en lo que hizo Jesús con Zaqueo (cfr. Lc 19,1-10), por ejemplo. Todos veían en él el mal; Jesús sin embargo ve un destello de bien, y de ahí, de su curiosidad por ver a Jesús, hace pasar la misericordia que salva. Así cambió primero el corazón y después la vida de Zaqueo. En las personas marginadas y rechazadas, Jesús veía la indeleble bendición del Padre. Zaqueo es un pecador público, ha hecho muchas cosas malas, pero Jesús veía ese signo indeleble de la bendición del Padre y de ahí su compasión. Esa frase que se repite tanto en el Evangelio, “tuvo compasión”,  y esa compasión lo lleva a ayudarlo y cambiarle el corazón. Es más, llegó a identificarse a sí mismo con cada persona necesitada (cfr. Mt 25,31-46). En el pasaje del “protocolo” final sobre el cual todos nosotros seremos juzgados, Mateo 25, Jesús dice: “Yo estaba hambriento, yo estaba desnudo, yo estaba en la cárcel, yo estaba en el hospital, yo estaba ahí…”.

Ante la bendición de Dios, también nosotros respondemos bendiciendo —Dios nos ha enseñado a bendecir y nosotros debemos bendecir—: es la oración de alabanza, de adoración, de acción de gracias. El Catecismo escribe: «La oración de bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda bendición» (n. 2626). La oración es alegría y reconocimiento. Dios no ha esperado que nos convirtiéramos para comenzar a amarnos, sino que nos ha amado primero, cuando todavía estábamos en el pecado.

No podemos solo bendecir a este Dios que nos bendice, debemos bendecir todo en Él, toda la gente, bendecir a Dios y bendecir a los hermanos, bendecir el mundo: esta es la raíz de la mansedumbre cristiana, la capacidad de sentirse bendecidos y la capacidad de bendecir. Si todos nosotros hiciéramos así, seguramente no existirían las guerras. Este mundo necesita bendición y nosotros podemos dar la bendición y recibir la bendición. El Padre nos ama. Y a nosotros nos queda tan solo la alegría de bendecirlo y la alegría de darle gracias, y de aprender de Él a no maldecir, sino bendecir.  Y aquí solamente una palabra para la gente que está acostumbrada a maldecir, la gente que tiene siempre en la boca, también en el corazón, una palabra fea, una maldición. Cada uno de nosotros puede pensar: ¿yo tengo esta costumbre de maldecir así? Y pedir al Señor la gracia de cambiar esta costumbre para que nosotros tengamos un corazón bendecido y de un corazón bendecido no puede salir una maldición. Que el Señor nos enseñe a no maldecir nunca sino a bendecir.

 
[1] Le porche du mystère de la deuxième vertu, primera ed. 1911. Ed. es. El pórtico del misterio de la segunda virtud.

Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Los animo a responder al amor de Dios Padre, que nos ha amado en su Hijo Jesucristo, con la alegría de bendecirlo y de darle gracias, y a aprender de su bondad a no responder jamás al mal con el mal, sino a bendecir siempre, porque para eso fuimos llamados, para heredar una bendición. Gracias.

LLAMAMIENTO

Deseo asegurar mi oración por Nigeria, lamentablemente una vez más ensangrentada por una masacre terrorista. El sábado pasado, en el noreste del país, fueron brutalmente asesinados más de cien campesinos. Dios les acoja en su paz y consuele a sus familiares; y convierta los corazones de quien comete tales horrores, que ofenden gravemente su nombre.

Hoy es el cuadragésimo aniversario de la muerte de cuatro misioneras norteamericanas asesinadas en El Salvador: las monjas de Maryknoll Ita Ford y Maura Clarke, la monja ursulina Dorothy Kazel y la voluntaria Jean Donovan. El 2 de diciembre de 1980 fueron secuestradas, violadas y asesinadas por un grupo de paramilitares. Prestaban su servicio a El Salvador en el contexto de la guerra civil. Con empeño evangélico y corriendo grandes riesgos llevaban comida y medicinas a los desplazados y ayudaban a las familias más pobres. Estas mujeres vivieron su fe con gran generosidad. Son un ejemplo para todos para convertirse en fieles discípulos misioneros.

¿Cómo me comprometo a que el Señor me visite?

Señor, tú que me conoces….

Hoy, en el Evangelio que meditamos, se nos cuenta la historia de la multiplicación de los panes. Me gustaría sugerir que llamemos la atención sobre dos pequeños elementos para alimentar nuestra oración.

La primera es la declaración de Jesús: "Me apiado de esta multitud: hace ya tres días que están conmigo y no tienen nada que comer. No quiero enviarlos en ayunas; podrían desmayarse en el camino". Jesús mira a la gente que le sigue con ojos de amor y compasión.  Cura a los enfermos, hace caminar a los cojos, los ciegos ven; pero también sabe que necesitan pan.

Así es como el Señor nos mira. No sólo mira al hombre entero, sino al hombre mismo. Démonos cuenta de que nos conoce, conoce nuestros problemas, nuestras preocupaciones, nuestras enfermedades, nuestras dificultades, nuestras alegrías, nuestras penas. El Señor, mirándonos, ve nuestra vida en su totalidad y no deja nada de lado. Conoce nuestras debilidades, nuestros fallos, nuestros pecados, también conoce nuestro deseo de no volver a caer en el error.

Isaías 43:1 dice: Así dice el Señor que te creó, oh Jacob, así dice el Señor, que te creó ahora. ¡El que te formó, oh Israel! No temas, porque te he redimido, te he llamado por tu nombre, eres mío.

Juan 10:14 dice: Soy el buen pastor. Conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí.

Jeremías 1:5 dice: Antes de formarte en el vientre de tu madre, te conocí, y antes de que salieras de su vientre, te consagré y te hice profeta para las naciones.

Seamos conscientes de que el Señor nos conoce, y nunca nos dejó solos en ninguna situación.  Si supiéramos cuánto confía Jesús en nosotros, y el valor que todo lo que hacemos, por pequeño que sea, tiene a sus ojos, le estaríamos cada vez más agradecidos.

El segundo elemento es la pregunta de Jesús a sus discípulos: "¿Cuántos panes tienen? Para realizar su milagro, Jesús, curiosamente, pide la participación de la humanidad. Siempre. Recordemos el agua convertida en vino en Cana: siempre, el hombre contribuye a ver el signo de Dios. La pregunta que se nos hace hoy es cuál es mi contribución. ¿Cómo me comprometo a que el Señor me visite?

Este tiempo de Adviento es un momento favorable para comprometernos y dejar que el Señor que nos conoce manifieste su gloria en nuestras vidas: Acoger a Jesús requiere una preparación para las bellas artes. Esto es lo que la Iglesia nos pide a nosotros y a cada uno de nosotros para encontrar nuestro camino.

Señor, tú que me conoces. Ayúdame a prepararme más para conocerte en mi vida. Amen.

¿Cómo me comprometo a que el Señor me visite?


Evangelio según san Mateo (15, 29-37): Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado

Queridos amigos: compartimos el Evangelio según san Mateo 15, 29-37.

En aquel tiempo, llegó Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió al monte y se sentó. Acudió a él mucha gente, que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Los tendieron a sus pies y él los curó. La gente se llenó de admiración, al ver que los lisiados estaban curados, que los ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban; por lo que glorificaron al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque pueden desmayarse en el camino”. Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde vamos a conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?” Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?” Ellos contestaron: “Siete, y unos cuantos pescados”.

Después de ordenar a la gente que se sentara en el suelo, Jesús tomó los siete panes y los pescados, y habiendo dado gracias a Dios, los partió y los fue entregando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado.

Evangelio según san Mateo (15, 29-37): Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado


martes, 1 de diciembre de 2020

Papa Francisco: Diciembre, para una vida de oración


El corazón de la misión de la Iglesia es la oración.
La oración es la llave para que podamos entrar en un diálogo con el Padre.
Cada vez que leemos un pequeño pasaje del Evangelio escuchamos a Jesús que nos habla.
Conversamos con Jesús. 
Escuchamos a Jesús y respondemos. 
Y esto es la oración.
Orando cambiamos la realidad. 
Y cambiamos nuestros corazones.
Nuestro corazón cambia cuando ora.
Podemos hacer muchas cosas, pero sin oración no funciona.
Recemos para que nuestra relación con Jesucristo se alimente de la Palabra de Dios y de una vida de oración.
En silencio, todos, cada uno reza con su corazón.

El Papa Francisco y el Misal Romano para Diócesis del Zaire


A través de un video mensaje el Pontífice participó en la presentación del libro "El Papa Francisco y el Misal Romano para la Diócesis de Zaire", publicado por la Librería Editora Vaticana este 1 de diciembre.

Evangelio según san Mateo 8, 5-17: Entonces la tomó de la mano y desapareció la fiebre

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: "Señor, tengo en mi casa un criado que está en...